Ayer, regalamos al Salmedina La mitad del cielo.
Semanas de ensayos robados a los márgenes del horario, hueco a hueco, hasta llegar a la tercera hora de ayer. Los alumnos abandonaron sus clases habituales y bajaron al patio, donde el escenario los esperaba. Un patio convertido en Congreso de los Diputados. La voz de Clara Campoamor y la de Victoria Kent resonando bajo el cielo abierto, en un instituto que, sin saberlo, también estaba aprendiendo.
Hay un tipo de esfuerzo que no aparece en ninguna programación. El que ocurre en los márgenes, en los huecos, en la voluntad de quien decide que educar es algo más que cumplir un temario. Ese esfuerzo tiene un coste real. Y, sin embargo, produce algo que no tiene equivalente en ninguna rúbrica: el instante en que un alumno comprende que la historia no es pasado, sino pregunta abierta.
Nos quedamos con el abrazo de nuestros alumnos. Con las compañeras y compañeros que pusieron sus manos donde hacía falta: en la música, en el escenario, en el sonido. Y con esa profesora que, al terminar, se acercó con los ojos brillantes y nos dijo que le habían rodado unas lágrimas.
Ahí está la respuesta. No en los aplausos ni en las evaluaciones. En una lágrima que no se pudo contener.
Todo fue efímero. Como debe ser lo que de verdad vive.
¿Ganar o perder? Quizás la pregunta no sea esa. Quizás la pregunta sea: ¿quién, si no nosotros?



